Steve Jobs, sabiduría y compasión

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A raíz de la entrada sobre El zen de Steve Jobs, un amable lector me comenta la contradicción entre la práctica budista del presidente de Apple y las difíciles condiciones laborales de sus empleados en Asia. La biografía de Walter Isaacson (editorial Debate) refleja la complejidad del personaje:

Steve es muy zen. (…) Puedes verlo en su gusto por la estética marcada y minimalista y en su capacidad de concentración. Jobs también se vio profundamente influido por el énfasis que el budismo pone en la intuición. (…) Su intensidad, no obstante, le dificultaba el camino hacia el auténtico nirvana; su conciencia zen no se veía acompañada por una gran calma interior, paz de espíritu o conexión interpersonal.

En cuanto al ambiente,

Había grupos cuasi académicos que estudiaban los efectos del LSD (…) Había un movimiento hippy, nacido de la generación beat del área de la bahía de San Francisco, y también rebeldes activistas políticos (…) Mezclados con todos ellos existieron varios movimientos de realización personal que buscaban el camino de la iluminación, grupos de pensamiento zen e hindú, de meditación y de yoga, de gritos primales y de privación de sueño, seguidores del Instituto Esalen y de Werner Erhard.

Steve Jobs representaba esta fusión entre el ‘flower power’ y el poder de los procesadores, entre la iluminación y la tecnología. Meditaba por las mañanas, asistía como oyente a clases de física en Stanford, trabajaba por las noches en Atari y soñaba con crear su propia empresa.

Y,  en cuanto a su carácter,

Jobs atribuía su capacidad para concentrarse y su amor por la sencillez a su formación zen, que había afinado su sentido de la intuición, le había enseñado a filtrar cualquier elemento que resultase innecesario o que le distrajese, y había alimentado en él una estética basada en el minimalismo.

 Desgraciadamente, su formación zen nunca despertó en él una calma o serenidad interior propias de esta filosofía, y eso también forma parte de su legado. A menudo se mostraba muy tenso e impaciente, rasgos que no se esforzaba por ocultar. (…) Él tenía a gala ser brutalmente sincero.

Más allá de sus características personales, creo que es una buena ocasión para señalar que el budismo no es solo sabiduría, sino también compasión. Ken Wilber lo explica muy claro en su Breve historia de todas las cosas (Kairós):

El camino de ascenso desde los muchos hasta el Uno es el camino de la sabiduría: prajna nos permite ver que toda forma es Vacuidad.

Por otra parte, el camino de descenso es el de la compasión o bondad (karuna), porque el Uno se manifiesta como los muchos y, en consecuencia, todas las formas deben ser tratadas con el mismo respeto. La compasión nos permite ver que la vacuidad es forma.

La integración o equilibrio de estos dos caminos, el ascendente o trascendental (Eros o prajna) y el descendente o inmanente (Agape o karuna), entre el Uno y los muchos, entre la vacuidad y la forma, la unión de sabiduría y compasión constituye la base de la auténtica espiritualidad.   . . .

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