capacidad de amar

No hay mejor ni peor, ya lo dije aquí; aunque, si he nacido más rico, más listo, más sano, más blanco, o en el lado bueno de la frontera, creo que soy mejor y me lo merezco.

Pero no lo merezco más que otro que haya nacido pobre, enfermo o en el lado malo de la frontera. No soy mejor porque mi lengua materna sea esta o aquella, porque mis dioses sean estos o aquellos, o mi traje regional lleve un gorrito verde o una cinta azul.

¿Valoramos a las personas por el color de su piel, de las tapas del pasaporte o de los billetes que acumula, o las valoramos por su capacidad de amar?

Nelson Mandela decía que nadie nace odiando a otros por el color de su piel, su origen o su religión; que se aprende a odiar, por lo que, más fácilmente, se puede aprender a amar.

Creo que es útil pararse un momento a meditar sobre qué refleja nuestra conducta cotidiana (y el mundo que estamos construyendo, entre todos, cada día): si valoramos más a las personas por su fama, apariencia o éxito económico, o bien por su capacidad de amar.

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