8 céntimos

Es una anciana encantadora, un poquito cascarrabias. El otro día estaba muy enfadada, porque en la tienda le habían cobrado 2 céntimos por una bolsa. Estuvo contándome la historia y luego hizo la pregunta inevitable: «¿Qué te parece, quién tiene razón?» Yo le dije que, sin duda, ella tenía razón, aunque también podía comprender a la empleada del súper, que se limita a cumplir las órdenes de su jefe. Eso no le gustó: yo tenía que estar en un bando o en otro.

Lleva tu propia bolsa -le dije-, tienes muchas. Pero no es una cuestión de bolsas, ni de dinero -es una mujer generosa- se trata de tener razón. Va una vez a la semana, así que no gasta más de 8 o 10 céntimos al mes. ¿Te vas a pelear con la dependienta y marchar a otra tienda que está más lejos y te gusta menos, por 8 céntimos? Pero ya no importa el dinero, ni las bolsas, sino quién tiene razón.

Yo creo, a estas alturas, que todos tienen razón: tú, yo, el banquero que desahucia, el deudor que no paga, el asesino en serie, todos los gobiernos de todos los países que llevan toda la Historia metiéndonos en guerras insensatas… Siempre hay razones para todo, motivos, o excusas, para justificar cualquier cosa.

Todos creemos tener razón y queremos imponerla a los demás y sufrimos al no conseguirlo. Y creamos sufrimiento cuando lo conseguimos. Así nos pasamos la vida, amargándonos y creando resentimiento por historias de 8 céntimos.

Otra opción es preguntarme, antes de cabrearme o sentirme frustrado: ¿qué importancia tendrá esto dentro de 30 días, o de 30 años? Y concentrarme en las pocas historias que valen más de 8 céntimos.

También es útil saber quién soy y cuáles son mis valores: si la paz y el amor son impor-tantes para mí, ante un conato de bronca puedo preguntarme: ¿cómo puedo traer paz a esta situación, cómo puedo traer amor?

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