vanidad

En Pepino Torcido. Vida y enseñanzas zen de Shrunyu Suzuki (Editorial La liebre de marzo), David Chadwick cuenta cómo, a la muerte del abad de Rinso-in, las facciones lucharon por el poder. Finalmente nombraron a Suzuki como el 36º abad, por un período de prueba de tres años y, como parte del acuerdo, a su principal competidor por el puesto -un viejo monje llamado Ryoen Risan, que representaba a uno de los linajes más poderosos del templo- lo nombraron simbólicamente como abad nº 35, lo que le permitió participar en la ceremonia y entregar el puesto a Shrunyu Suzuki.

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Después de haber escrito el párrafo anterior, me pregunto por qué lo he hecho. El libro está lleno de buenos ejemplos y reflexiones útiles -del maestro Suzuki, de Dogen y otros- y yo he elegido la única ocasión en que los monjes parecen comportarse con ambición o vanidad. ¿Qué conclusiones saco de esta anécdota de la sucesión en el monasterio?

Pues que todos estamos hechos de la misma pasta. Tú, yo, Dogen, Suzuki, el propio Sakyamuni… todos hechos igual, aunque luego hacemos cosas diferentes. Hay personas que, a pesar de que le duelen las piernas, siguen sentándose o, aunque tengan dudas, cumplen con su deber.

Así, la diferencia no está en sentir dudas, ambición, o vanidad, etc., sino en lo que uno hace a pesar de todo.

Saber que todos estamos hechos de la misma pasta nos anima a realizar proyectos que habíamos considerado imposibles, a emprender cualquier tarea con más valor y determinación.

También a comprender que todos llevamos un Buda dentro; entoces, lo más coherente es tratar a todos los seres vivos como si fueran Buda.

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