paz, amor incondicional y relaciones bonsái.

Sólo a través del amor incondicional podemos llegar a la paz interior.

El apego a determinadas personas, cosas o resultados, nos impide ser felices. Sobre todo, cuando pretendemos que las Bonsai_personas sean de una determinada manera: te quiero, pero sólo si haces esto, compras eso o pesas aquello. Los manipulamos de formas más o menos sutiles o explícitas para que encajen en nuestro molde. Eso les perjudica y daña la relación. Así conseguimos estar con personas manipulables o débiles, o que se ven forzadas a someterse a nuestro chantaje físico o emocional: vamos recortando a un ser noble y hermoso para convertirlo en nuestro bonsái. Es algo bien triste que, a la larga, no nos hará felices.

Por otra parte, amar incondicionalmente no significa soportar conductas intolerables de la otra persona: a veces hay que poner distancia de un marido abusador o una esposa alcohólica, etc., por mucho que los queramos.

El verano pasado escribía aquí sobre Woody Allen y el patético chiste con que termina Annie Hall:

-Doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina.
-Pero… ¿Por qué no lo lleva a curar?
-Lo haría, pero necesito los huevos.

A veces nuestras relaciones funcionan así, o todas tienen algunos aspectos bonsái, en que nos aprovechamos de las debilidades ajenas o directamente coaccionamos a un ser ¿querido? para que se adapte a nuestras propias necesidades neuróticas. Y lo peor es que eso nos perjudica, impidiéndonos alcanzar una felicidad auténtica.

Amar a otro significa aceptarlo y ayudarlo a que se desarrolle: puedo comprarlo, manipularlo o coaccionarlo, pero eso no me hará feliz y, desde luego, no es amor. Finalmente, todas las decisiones nacen del amor, o nacen del miedo. Amar sin condiciones, sin expectativas ni apegos, es un requisito para alcanzar la paz interior.

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