Sócrates en la autopista

Esta mañana iba conduciendo y, al observar las señales de tráfico, pensaba en la velocidad máxima permitida, que es diferente en cada país europeo, lo que significa que no hay una solución buena y todas son más o menos arbitrarias y, por tanto, injustas, como sucede con tantas cuestiones reguladas, en que el Estado organiza nuestras vidas y nos sanciona con multa (o prisión) si no cumplimos normas que son diferentes en otros países, o incluso en diferentes regiones del mismo país.

Estaba pensando que soportar una velocidad máxima en la carretera y, en general, soportar la injusticia, es parte del precio inevitable de vivir en sociedad, y por eso predicaba Sócrates la necesidad de cumplir con las leyes aunque fueran injustas y llegaran incluso, como le sucedió a él, a condenarlo a muerte.

Sórates tenía razón: bebió la cicuta con la certeza de que su condena a muerte era injusta, como también hubiera sido injusto declararlo inocente o cualquier otra decisión, y su mérito, que le valió ese aplauso de dos mil años que tanto molestaba a Nietzsche, fue el de actuar en consecuencia con sus pensamientos.

Mientras pensaba en esto, la autovía se convirtió en una carretera de montaña y me tocó ir detrás de un camión. ¿Qué importa ir a 60 km/h o a 120?– pensé, mientras en los altavoces del coche sonaba Wish You Were Here, de Pink Floyd, y en ese momento empezó a salir el sol y a iluminar las cumbres nevadas de las montañas… Fue un momento de belleza extraordinaria, tan hermoso que aún se me saltan las lágrimas al recordarlo. Eso es la vida, y el sentimiento de momentos así vale más que toda la filosofía de Sócrates y todos los blogs del mundo.

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