entrenar al elefante

En los últimos días (1, 2, 3) hemos visto que la meditación es, sobre todo, una actitud, que consiste en atender al momento presente. Es la única actividad que emprendemos sin propósito, pues no se trata de conseguir nada ni de llegar a ningún sitio, sólo de ser consciente de lo que sucede ahora.

Y si es algo para hacer en nuestra vida cotidiana, las 24 horas, ¿qué sentido tiene ir al dojo o sentarse a meditar día tras día? Pues el de un entrenamiento, como cualquier actividad práctica: ver un partido en la tele no mejora la forma física, leer un menú no alimenta el estómago y tener el concepto de que “ya estoy aquí” no es lo mismo que “estar aquí”.

La mente humana se suele comparar con diferentes animales, como una mariposa que revoletea de aquí para allá, un mono loco que salta de rama en rama, o el perrito al que hay que llamar una y otra vez para que se acostumbre a caminar a nuestro lado.

Una de las metáforas más útiles es la del elefante: la mente consta de una pequeña parte consciente (el conductor del elefante) y una enorme parte inconsciente, que no siempre hace lo que queremos. Vamos por el camino y de repente cruza un ratón: el hombre no le da importancia, pero el elefante se asusta y sale corriendo campo a través. Y es que el elefante tiene sus costumbres y sus necesidades, y la única forma de llevarlo por el camino es acostumbrarlo una y otra y otra vez.

Por eso, lo más beneficioso no es limitarse a la práctica formal o a estar atentos en la vida cotidiana, sino un proceso continuo de realimentación, en que cada parte refuerza a la otra, para vivir la vida como si realmente importase.

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