El Tao de Pooh

El Tao de Pooh”, de Benjamín Hoff (EDAF) es un librito precioso que me recuerda “El Principito”, de Saint.Exupéry. Uno de sus personajes, Bisy Backson, es un tipo muy ocupado que se construye por fuera, en vez de crecer desde dentro.

Siempre está esforzándose, siempre trabajando, corre de un sitio a otro, mirando nerviosamente su reloj, con la angustia de no llegar a tiempo… ¿a qué? Backson busca la Recompensa, que le espera en alguna otra parte -en este mundo o más allá- y, para conseguirla, intenta, con actitud fanática, cambiarlo todo y a todos -¡excepto a sí mismo!- y se interfiere continuamente en el curso natural de las cosas. Esta prisa por lograr una recompensa (y luego otra y otra) le lleva al empeño insensato de ahorrar tiempo: cada vez hay más medios para ahorrarlo, pero el resultado es que tenemos menos tiempo.

Porque no se puede ahorrar el tiempo, sólo podemos gastarlo. Ahora bien, se puede gastar con sabiduría, o no. Es el proceso lo que importa, disfrutar del proceso“piensa en la obra y no en el fruto”-, esa es la clave.

Ya lo explicó Chuang Tzu con la historia del hombre que perseguía a su sombra, corriendo sin cesar hasta caer agotado… Es preferible atender al presente: aquí y ahora, no existe otro momento; si te mueves un milímetro, te has salido; si esperas un segundo, estás fuera. Mantenerse pegado al momento presente, no hay más.

Lo hemos oído tantas veces que parece obvio; se ha convertido en un tópico, pero lo practicamos tan poco…

Y, sin embargo, la puerta está aquí, siempre ha estado aquí mismo y no puede estar en otro sitio: “usa la mente como un espejo, sin perseguir nada, sin acoger nada, respondiendo sin guardar.” Eso es todo.

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