tristeza

Debo admitir que el budismo siempre me ha parecido una religión triste. Quizá porque sus Verdades más básicas parten del sufrimiento, quizá porque tiendo a asociarlo con las inhóspitas laderas del Himalaya, la meseta árida del Tíbet o las estepas heladas de Mongolia Interior, o practicado con ese perfeccionismo marcial que caracteriza a las construcciones culturales del Japón.

Siéntate como si fueras a morir, medita como si estuvieras en tu propio ataúd, haz cada respiración como si fuera la última… me parece una gran estrategia para vivir en el presente, pero no es muy alegre, la verdad.

Recuerdo un documental, “El laberinto del Tíbet”, en que un hombre caminaba con el cadáver de su mujer a cuestas, hasta el lugar del rito funerario, donde el monje la descuartiza para dar de comer a los buitres. Luego machacan los huesos, para facilitar que todos los restos sean devorados. Es una forma económica de eliminar los cadáveres (el suelo rocoso y helado dificulta el enterramiento) y el buitre es para ellos un animal simpático, que no mata a seres vivos y acepta las cosas como vienen. Pero creo que esa imagen de la desolación, el viudo subiendo penosamente por la meseta helada con el cadáver de su mujer al hombro, es bastante representativa del budismo, o, al menos, del ambiente en que ha surgido.

¿Cómo sería el budismo si hubiera nacido aquí, a orillas del Mediterráneo? Probablemente más divertido, un budismo de siesta, vino y pescaíto frito. Por eso quizá simpatizamos mejor con el taoísmo, más alegre e individualista, que celebra la vida tal como es en cada momento, sin necesidad de pasar por el sufrimiento para llegar a la alegría de vivir.

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