
La felicidad es algo abstracto, que, como tal, no existe en la realidad. Así que perseguirla puede ser una quimera, como enamorarse del amor o ponerle la zanahoria al burro (en este caso, sería ponerle una foto de la zanahoria).
Por otra parte, la emoción (que es un pensamiento unido a una reacción corporal), es una brújula, que siempre vuelve a su sitio, por eso un año después de que nos toque la lotería o nos atropelle un camión, hemos vuelto a nuestra línea base de felicidad.
En vez de frustrarse en la persecución de algo tan escurridizo, parece más productivo recorrer el camino inverso, de lo concreto a lo abstracto: empezamos por lo más concreto, que es nuestro propio organismo: cómo está situado, en qué se apoya, cómo respira…
Habituándonos a ser conscientes de nosotros mismos, podemos afinar la percepción de cómo nos afectan los estímulos del entorno y nuestros pensamientos y, paradójicamente, aumentará la capacidad de vivir momentos felices.