dar, quitar

Me gustaría ofrecerte algo para ayudarte.
Pero en la escuela zen no tenemos nada.
Ikkyu

El zen no me va a dar nada, aunque me puede quitar: esa nube grisácea de pensamientos repetitivos y basura mental que, como un cristal empañado, me impide ver el color de la vida.

Me puede quitar la esperanza en un mañana mejor, porque no hay mañana, ni hay mejor: hoy es bastante, tal como es.

Me puede quitar el armazón de escudos y conchas que me protegen y me impiden caminar desnudo y libre.

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koan

(El otro día leí aquello de «no hables si tus palabras no son mejores que el silencio» y me he pasado un mes sin escribir).

El silencio no es suficiente. Sin embargo, cuanto más escribo, más me alejo de la verdad.

Es un koan.

Mientras tanto, los almendros han florecido.

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mano derecha, mano izquierda

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Jodorowsky: felicidad

Cuando conocí al maestro zen Ejo Takata, me mostró una inscripción en la pared: felicidad. Yo no sabía que me había indicado la esencia del zen con un solo gesto.

El secreto de la vida es la felicidad, un estado que rechaza toda clase de tensiones. Cada noche dejo entrar a la felicidad en cada una de mis células, de mis huesos, mi carne, mi alma… acojo la sensación de felicidad.

Para acceder a esa felicidad, hay que entrar en la condición de no-esperanza. Cuando se pierde la esperanza, nos libramos del miedo y así llegamos a la felicidad. Esto es lo que hago cada noche: me acuesto en estado de regocijo en la cama, me convierto en un ser cuya materia es felicidad…

Lo cuenta Jodorowsky en La trampa sagrada. El camino de la bondad.

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8 céntimos

Es una anciana encantadora, un poquito cascarrabias. El otro día estaba muy enfadada, porque en la tienda le habían cobrado 2 céntimos por una bolsa. Estuvo contándome la historia y luego hizo la pregunta inevitable: «¿Qué te parece, quién tiene razón?» Yo le dije que, sin duda, ella tenía razón, aunque también podía comprender a la empleada del súper, que se limita a cumplir las órdenes de su jefe. Eso no le gustó: yo tenía que estar en un bando o en otro.

Lleva tu propia bolsa -le dije-, tienes muchas. Pero no es una cuestión de bolsas, ni de dinero -es una mujer generosa- se trata de tener razón. Va una vez a la semana, así que no gasta más de 8 o 10 céntimos al mes. ¿Te vas a pelear con la dependienta y marchar a otra tienda que está más lejos y te gusta menos, por 8 céntimos? Pero ya no importa el dinero, ni las bolsas, sino quién tiene razón.

Yo creo, a estas alturas, que todos tienen razón: tú, yo, el banquero que desahucia, el deudor que no paga, el asesino en serie, todos los gobiernos de todos los países que llevan toda la Historia metiéndonos en guerras insensatas… Siempre hay razones para todo, motivos, o excusas, para justificar cualquier cosa.

Todos creemos tener razón y queremos imponerla a los demás y sufrimos al no conseguirlo. Y creamos sufrimiento cuando lo conseguimos. Así nos pasamos la vida, amargándonos y creando resentimiento por historias de 8 céntimos.

Otra opción es preguntarme, antes de cabrearme o sentirme frustrado: ¿qué importan-cia tendrá esto dentro de 30 días, o de 30 años? Y concentrarme en las pocas his-torias que valen más de 8 céntimos.

También es útil saber quién soy y cuáles son mis valores: si la paz y el amor son impor-tantes para mí, ante un conato de bronca puedo preguntarme: ¿cómo puedo traer paz a esta situación, cómo puedo traer amor?

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nunca se trata de ti

Nunca se trata de ti, sólo se trata de mí: vivo en la niebla que crean mis pensamientos.

El amor auténtico no pone condiciones, no tiene grados, no depende de quién seas o qué hayas hecho. El temor, el asco, el rechazo, la ira, tampoco tienen que ver contigo. Yo te veo adorable; otro, temible: nunca se trata de ti.

Aunque estés delante de mí, sólo reacciono a mis propios pensamientos: ¿cómo podría encontrarte culpable de nada?

Cuando estoy enfadado, son mis pensamientos los que me enfadan. Si me molesta que seas egoísta, es mi egoísmo el que me molesta. Si me cansa que seas torpe, es mi propia torpeza la que me cansa. Así, puedo ser consciente de mis defectos: aunque no te conozco, tu presencia me hace mejor. Cuando se desvanece la culpa, sólo queda gratitud.

Gracias, gracias.

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imagina

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